Paso a paso en el Camino de Santiago

Prólogo

La concha y la flecha amarilla señalan el Camino de Santiago
La concha y la flecha amarilla señalan el Camino de Santiago

 

 

 

Mayo de 2018.

Han pasado unos quince años desde que asistí a una conferencia sobre el Camino de Santiago en la que una joven relató, con la ayuda de un reportaje fotográfico, su experiencia como peregrina.

Aún hoy no sé decir qué fue lo que me impactó especialmente de lo que vi y escuché esa noche. Seguramente me fascinó el entusiasmo con el que la ponente condimentó su relato y también la singularidad del “viaje”; además de estos dos aspectos tangibles, ya entonces algo intangible había echado raíces en mí, algo que me hizo decir: – ¡Algún día quiero vivir la misma experiencia! –

 

En los años siguientes profundicé en el conocimiento del Camino escuchando otras experiencias vividas, leyendo artículos y relatos, viendo documentales.

En cada una de esas ocasiones siempre sentí un renovado deseo de querer ir también yo.

Un compromiso que me nacía desde dentro y que racionalmente seguía sin saber explicar.

 

En la noche de Navidad de 2015, pasada ya la medianoche, antes de irme a la cama me puse a recorrer los canales de televisión para darle un poco más de tiempo al capitone a resignarse a su destino ya cumplido.

Fue así como, por casualidad, me topé con la película The Way de Emilio Estevez con Martin Sheen. Un relato cautivador en el que cuatro peregrinos, de diferentes nacionalidades, se encuentran a lo largo del “Camino” hacia Santiago y completan juntos todo el recorrido hasta el océano Atlántico.

A pesar de tener personalidades contrastantes y haber emprendido el Camino por diferentes motivaciones, los cuatro comparten el deseo de encontrar el significado de su propia vida.

De las vivencias que experimentarán día tras día, surgirá entre ellos un vínculo fuerte e indisoluble.

Dada la hora, me dije – veo diez minutos y luego apago – pero, al apasionarme una vez más por la experiencia del Camino de Santiago, me quedé pegado al televisor hasta bien entrada la noche.

Y así, una vez más, se encendió en mí el deseo de partir.

 

En la antigüedad se emprendía el camino hacia el lugar de sepultura del Apóstol Santiago por razones meramente religiosas, que podían ser de culto, devoción y penitencia; en aquella época, cualquier peregrinaje se veía como una prerrogativa masculina.

Hoy en día, realizan el Camino de Santiago hombres y mujeres de todas las edades y clases sociales, y una buena parte de ellos son impulsados por razones distintas a la religiosa.

Son múltiples las motivaciones por las que una persona decide ponerse en camino, y entre las más frecuentes están: “la búsqueda de uno mismo”, a menudo provocada por una crisis laboral o sentimental; “el deseo de romper la rutina”, salir de la cotidianidad entendida como única realidad posible; “la determinación”, demostrar a uno mismo, y también a los demás, la capacidad de alcanzar un objetivo; “la práctica deportiva”, recorrer un itinerario de ochocientos kilómetros a pie o en bici; “la socialización”, la oportunidad de conocer a nuevas personas de todo el mundo.

Por último, el argumento que probablemente une a la mayoría de los peregrinos es el de no saber, o no tener, un motivo específico para emprender el Camino.

 

En lo que a mí respecta, puedo afirmar que ciertamente encajo en este último tipo, aunque no descarto poder reflejarme también en algunos de los otros.

Sin embargo, la motivación que más me impulsó a tomar el camino hacia Santiago de Compostela fue el deseo de realizar un “viaje lento”, para dar el tiempo justo a los ojos para ver y a la mente para memorizar.

He viajado mucho por el mundo y muchas veces he cruzado océanos para alcanzar continentes lejanos, empujándome en algunos casos incluso hasta los antípodas. Traslados siempre realizados en tiempos relativamente breves: unas horas de avión y me encontraba catapultado a miles de kilómetros de Italia, sin tener apenas la percepción de la gran distancia recorrida.

Por lo tanto, considerando los desplazamientos rápidos de nuestros días, China y Estados Unidos podrían estar, respectivamente, junto al Friuli y al Piamonte, mientras que Sudáfrica podría perfectamente encontrarse en el norte del continente africano, justo después del canal de Sicilia.

Principalmente fueron estas las razones por las que maduré el deseo de emprender el Camino de Santiago. Quería realizar un itinerario donde las distancias se midieran sumando el número de mis pasos y los tiempos fueran marcados por el esfuerzo para completarlos; donde una hora equivaliera a un desplazamiento de cuatro o cinco kilómetros y no al tramo en avión entre Roma y Milán.

Quise pensar como cuando, a la edad de cinco años, hice mi primer viaje en tren de Catania a Acireale, de apenas quince kilómetros. Viajaba en un tren muy lento, que se detenía en todas las pequeñas estaciones, y mirando por la ventana observaba atentamente cada tramo de aquel recorrido.

La percepción que entonces me quedó fue la de haber realizado un trayecto larguísimo.

Al regresar, estaba entusiasmado con mi experiencia y, en la ingenuidad de niño (que quizás sigo manteniendo), recuerdo aún hoy que conté a todos que había pasado por muchas “ciudades”.

 

***

Una vez madurada la idea de realizar el Camino de Santiago, la partida no era una decisión que pudiera tomar de un día para otro.

Era necesario que confluyeran algunas condiciones: necesitaba unos cuarenta días libres; la fecha de partida debía fijarse con antelación, para tener tiempo de organizar la logística y hacer un mínimo de entrenamiento físico; la época del año elegida debía ser la de clima más templado.

Desde el punto de vista meteorológico, me inclinaba por la primavera o el otoño, mientras que descartaba las otras dos estaciones debido a las condiciones climáticas poco recomendables: calor sofocante en verano, frío intenso acompañado de lluvias, nieve, viento y quién sabe qué más, en invierno.

Esperar que todas estas variables se alinearan positivamente hizo que el tiempo pasara, posponiendo año tras año la partida.

 

En diciembre de 2017, después de haber concluido una relación laboral infeliz y para nada gratificante, tomé la decisión de forma irrevocable:

– En primavera partiré para el Camino de Santiago. –

La fecha exacta, en cambio, fue determinada por el precio del billete de avión, optando por el día en que costaba menos: 9 de mayo de 2018.

El destino quiso que esa fecha fuera la misma de un día muy triste que había vivido algunos años antes. Entonces quise interpretar la coincidencia como un augurio para el buen éxito del “viaje” que estaba a punto de emprender.

 

Dediqué mi Camino de Santiago a mis padres, realizando por ellos todos los pasos que no pudieron dar en los últimos años de sus vidas.

© Aldo Lardizzone 2020 Licenza Creative Commons CREATIVE COMMONS

Pasa al siguiente capítulo:
De Nápoles a Toulouse