Paso a paso en el Camino de Santiago
De O Cebreiro a Triacastela
6 de junio de 2018
Etapa 27 – Km. 22

El Camino de Santiago pone a menudo a prueba a los peregrinos, reservándonos etapas muy exigentes, donde el esfuerzo mayor es requerido más a la voluntad que a la fuerza de las piernas.
Es como un padre severo que también sabe recompensar a quienes logran conquistar las metas más difíciles con compromiso y determinación, ofreciendo después como premio itinerarios más sencillos y menos duros.
Después del agotador recorrido de ayer, clasificado entre los de mayor dificultad de todo el Camino, hoy seremos premiados con un itinerario de bajo esfuerzo. Caracterizado en la primera parte por algunas subidas y bajadas fáciles, luego nos ofrecerá un descenso constante y tranquilo hasta el final de la etapa.
Por otra parte, también los kilómetros totales a recorrer están por debajo de la media diaria, y al final del trayecto habremos recorrido poco más de veintiuno.
Dado el corto trayecto que nos espera, una vez llegados a la meta final en Triacastela, evaluaremos si continuar hasta Samos: decisión que tomaremos en el momento oportuno, porque se trataría de añadir otros diez kilómetros a los ya previstos.
– ¡Una diferencia nada despreciable! –
También esta mañana salimos a las 6:30.
Apenas cruzamos la puerta del albergue, nos encontramos nuevamente con la típica llovizna, el frío habitual y, como si no fuera suficiente, también la niebla que, en esta parte del Camino, está convirtiéndose en “algo habitual”.
Durante los primeros kilómetros que recorremos, la visibilidad es muy reducida.
El paisaje rural que atravesamos está envuelto en una nube blanca de vapor que lo hace todo muy “flow”, y el hermoso paisaje colinar, formado por curvas verdes sinuosas, en gran parte permanece oculto a nuestros ojos.
La belleza, sin embargo, además de encontrarse en un escenario lleno de luz y rico en colores vivos, también puede hallarse en un ambiente tan amortiguado, si se intenta observar con el alma lo que es imposible ver con los ojos.
El sendero que recorremos parece terminar a pocas decenas de metros delante de nosotros, tragado por la nada. Vemos aparecer y desaparecer en secuencia árboles, iglesias rurales, casitas de piedra, animales pastando. Se tiene la impresión de estar viendo una presentación de diapositivas, donde la transición entre una imagen y otra ocurre con un efecto de disolución.
Después de dejar O Cebreiro y caminar durante más de una hora, cubriendo unos cuatro kilómetros y medio, llegamos al Alto do San Roque. Estamos a 1.270 metros de altitud, ochocientos metros después del pueblo de Liñares.
Desde 1993, aquí se encuentra colocada una imponente escultura de bronce que representa a un peregrino avanzando con mucha dificultad debido al viento impetuoso y contrario.
La dramatización de la escena, representada de manera muy realista por el escultor gallego José María Acuña, se muestra en la postura del hombre; el cuerpo está inclinado hacia adelante mientras la mano izquierda sujeta firmemente el sombrero sobre la cabeza, para evitar que el viento se lo lleve.
Los pliegues y los volantes de la ropa resaltan aún más la fuerza de la ráfaga que golpea al viajero.
En los días despejados, este es un punto panorámico desde donde se pueden admirar las colinas y los valles circundantes; hoy, sin embargo, debemos conformarnos con admirar apenas la escultura.
A pesar de la escasa visibilidad, no dejamos de tomar varias fotos de la estatua, como recuerdo de nuestro paso por el Alto do San Roque.
Aunque seguimos manteniéndonos a gran altitud, el recorrido continúa alternando subidas y bajadas de leve esfuerzo.
Alrededor de las ocho llegamos a Hospital de la Condesa.
El término “Hospital”, contenido en el nombre del pueblo, evidencia que esta localidad también tuvo un papel significativo en la acogida de los peregrinos; mientras que el término “Condesa” hace referencia a la condesa Egilo, quien en el siglo IX fundó el hospital alrededor del cual luego se desarrolló el núcleo habitado.
La iglesia del pueblo está dedicada a san Juan y, como otras en la zona, presenta un austero estilo románico, con paredes de mampostería y una torre accesible por una escalera exterior.
Después de Hospital de la Condesa comienza la última ligera subida de la etapa de hoy: en total son apenas dos kilómetros y medio y el desnivel de altitud es de unos sesenta metros.
Así llegamos al Alto do Poio que, con sus 1.335 metros de altitud, es la cima más alta en Galicia del Camino francés.
Estamos más arriba que O Cebreiro y también desde aquí se puede disfrutar de una agradable vista panorámica.
El cielo se ha abierto un poco y la niebla casi ha desaparecido.
Al llegar al pueblo, hay incluso un débil sol que, a pesar del aire fresco, nos anima a quitarnos alguna capa de ropa.
Después de esta última subida, para recuperar el aliento nos detenemos en la cafetería anexa al Albergue del Puerto, donde tomamos algo de comer.
Son casi las nueve cuando partimos del Alto do Poio.
Desde aquí comienza el descenso, un recorrido de unos trece kilómetros que nos llevará hasta Triacastela.

Llegamos a Fonfría, donde una anciana de aspecto muy tierno y simpático nos detiene frente a su casa para ofrecernos unas crêpes que tiene apiladas en un plato, cubiertas con un paño.
Para nosotros, que siempre tenemos hambre, nos parecen maná caído del cielo y no las rechazamos en absoluto.
A medida que tomamos y comemos las crêpes, ella misma las endulza espolvoreándolas una tras otra con azúcar glas.
Aunque la oferta de la emprendedora ancianita es gratuita, no dejamos de agradecerle dejándole algo de dinero.
Otro ejemplo más que, en mi opinión, contradice la tesis de quienes afirman que detrás del Camino de Santiago hay un gran negocio.
Conformarse con unas pocas monedas ofrecidas espontáneamente no me parece una forma de especulación. Más bien lo llamaría “supervivencia”.
Fonfría, como los innumerables pueblos perdidos en el interior de España atravesados por el Camino, probablemente serían localidades muertas desde hace mucho tiempo sin los numerosos peregrinos que las recorren todos los días.
***
Caminamos por un sendero de tierra mientras atravesamos paisajes rurales caracterizados alternativamente por densos bosques y vastos campos abiertos.
Después del cielo casi despejado que encontramos en el Alto do Poio, la niebla ha retomado el protagonismo, creando nuevamente ese ambiente de tonos suaves y difusos.
Debido al clima muy húmedo, en Galicia es bastante frecuente la formación de niebla en todas las estaciones.
Giulia toma desde ahora la decisión de no detenerse en Triacastela: continuará hasta Samos uniéndose a un grupo de peregrinos que tiene el mismo objetivo.
Su decisión de recorrer los diez kilómetros adicionales está determinada por los días de vacaciones que ha tomado en el trabajo: alargando algunas etapas, espera poder concluir el Camino en Finisterre.
Continuando el descenso hacia el valle, pasamos primero por Biduedo y, después de unos kilómetros, por Fillobal: en ambos pueblos pasamos sin detenernos.

A menos de un kilómetro de Triacastela, en el barrio de Ramil, vemos un castaño milenario que se distingue por su enorme tronco, nudoso e irregular, cuya circunferencia mide más de ocho metros.
A las 12:15 llegamos a Triacastela, que marca el final de la etapa programada para hoy.
Una vez llegados aquí, no tenemos ninguna intención de continuar y recorrer otros diez kilómetros para alcanzar Samos.
Al no tener prisa por llegar a Santiago de Compostela, podemos tomarnos nuestro tiempo y disfrutar del caminar lento, sin transformar nuestras etapas en una maratón.
Además, el clima lluvioso, frío y con niebla tampoco nos anima a seguir adelante.
El albergue donde nos alojamos se llama Complexo Xacobeo: un alojamiento privado que también incluye un restaurante situado en la misma calle, a unas decenas de metros de distancia.
El acogedor complejo dispone de unas cincuenta camas.
Recientemente renovado, se distingue por el uso abundante de madera y por algunas paredes de piedra desnuda.
A diferencia de los albergues clásicos, el juego de cama incluye mantas y sábanas de algodón.
Después de tantas noches pasadas en el saco de dormir, nos parece un lujo poder dormir en una cama de verdad. Así que, después de ducharnos y mientras esperamos que termine el ciclo de lavado y secado de la ropa, aprovechamos para echar una buena siesta por la tarde.
Alrededor de las dieciocho, Rocco y yo salimos a explorar Triacastela.
En el primer reconocimiento que hacemos, no nos parece que el pueblo ofrezca nada particularmente interesante para ver y, para despejar cualquier duda, nos dirigimos a la oficina de información turística para ver si nos estamos perdiendo alguna joya imperdible.
Nos señalan el monumento al peregrino, que, sin embargo, nos deja bastante indiferentes.
Se trata de un tronco de pirámide de piedra donde en uno de los lados hay una gran cruz de Santiago, de metal rojo, y en la parte superior una pequeña estatua que representa, precisamente, a un peregrino.
Más que el monumento, me parece singular la existencia de un centro de fisioterapia en la calle principal del pequeño pueblo.
Al verlo desde el exterior me da la impresión de ser una estructura muy profesional y bien organizada.
Un cartel en la entrada indica “Completo”.
Me hace sonreír pensar que muchos peregrinos lo han asaltado, aprovechando para arreglar las partes del cuerpo “averiadas” por el largo caminar.

La única estructura que encuentro interesante en el pueblo es la pequeña igrexa de Santiago de Triacastela.
Aquí en Galicia, las iglesias rurales casi siempre están rodeadas por el cementerio, cuyos nichos están adosados a los altos muros que circunscriben el edificio religioso.
La iglesia es de origen románico, del siglo IX, aunque se realizaron importantes reformas en el siglo XVIII.
Externamente, destaca la pronunciada torre frontal, compuesta por tres niveles más el superior en forma octogonal.
En el nivel inferior hay un pórtico con cuatro arcos que enmarcan la entrada; en el segundo, un nicho que alberga la estatua de Santiago; en el tercero, se abren los semi-arcos con las campanas.
Llegamos a la iglesia justo cuando ha terminado la “misa del peregrino” y los fieles están saliendo.
En el interior, el elemento que más llama la atención es el dorado retablo del altar mayor en un moderado estilo barroco, con la estatua de Santiago peregrino en el centro.
Cenamos alrededor de las diecinueve en el restaurante que pertenece al mismo albergue donde nos alojamos.
El “menú del peregrino”, ofrecido a 10 euros, incluye los platos típicos de la cocina gallega.
Entre ellos, para empezar, tomo el “caldo gallego”, una sopa típica de los meses de invierno que se sirve caliente. Los ingredientes son verduras, alubias, patatas y, a veces, un poco de carne.
Como plato principal, tomo un filete de ternera y, también esta noche, termino con la típica tarta de Santiago.
Acompañamos la cena con un buen vino gallego, bebiendo un litro entre los dos.
A las veintiuna, con la ayuda del vino y el cansancio del día, ya estamos listos para dormir.
© Aldo Lardizzone 2020 | ![]() |
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